El monstruo que se comió la oscuridad

978-84-937506-4-0

Joyce Dunbar

Jimmy Liao


El monstruo que se comió la oscuridad

Septiembre 2010 / Cartoné / 23 x 25 / 56 páginas / 15 € COMPRAR

Sinopsis

Escrito por Beatriz Bejarano del Palacio
Miércoles, 17 noviembre, 2010
Revista Babar

Todos los niños creen que hay un monstruo bajo su cama, o en su armario, o escondido detrás de las cortinas, o quizá oculto bajo las sombras que forman los objetos cuando apagamos la luz.
En el caso de Lorenzo es verdad: hay un monstruo bajo su cama, uno pequeñito, pero hambriento, muy hambriento. Después de haber probado un poco de todo lo que el niño guarda bajo su cama, no consigue sentirse saciado. Hasta que prueba a absorber la oscuridad del interior de una caja de cartón. Ay, amigo, ahí encuentra lo que andaba buscando, algo que por fin le va a llenar el estómago.
¿Pero qué pasa cuando la oscuridad se acaba? Sí, en ella habitan los monstruos más monstruosos (incluso los pequeñitos), pero también sirve como refugio para los zorros o para los conejos en sus madrigueras. Es más, si no hubiera oscuridad, ¿cómo veríamos el brillo de la luna y las estrellas? Y lo que es peor, ¿cómo va a saciar su hambre este pequeño monstruito que cada vez es más grande?

Joyce Dunbar consigue con esta sencilla historia que incluso la oscuridad, la inquietante y temida oscuridad, tenga su lado bueno: nos la muestra como descanso para nuestros ojos de la luz del día y como la aliada que nos «acuna» por la noche hasta que conciliamos el sueño. Este pequeño monstruo glotón solo anhela llenar un vacío en su interior, un vacío que ni toda la oscuridad del universo puede llenar, hasta que descubre que lo único que le hace sentirse mejor es saberse acompañado. Después de conocer a Lorenzo, ya no siente tanta hambre, solo un poquito…
Las maravillosas ilustraciones de Jimmy Liao completan este precioso cuento sobre el miedo a la oscuridad y el miedo a estar solo. Aquí podemos ver esos tonos azulados, marrones, verdes y rojizos a los que nos tiene acostumbrados, trazos sencillos pero con tanta personalidad y tanta dulzura que es muy difícil no encariñarse con este simpático monstruito. Su estilo es reconocible, sus ilustraciones tienen una textura especial, son realistas y coloridas, algo que ya es su sello personal y que las hace indiscutiblemente geniales.
Después de leer este cuento, todos los niños querrán adoptar un monstruo pequeñito y en lugar de temer la oscuridad, se dormirán tranquilos con la ilusión de encontrarlo.

El rincón de los cuentos

Puede que el miedo a la oscuridad sea uno de los lugares comunes más frecuente entre las fobias de nuestros pequeños. Pocos niños son capaces de rendirse al sueño si no les dejamos alguna luz encendida, por lo que parece una sana medida el hablar con ellos sobre el asunto, y ante todo, leerles cuentos que les permitan mirar de frente sus propias limitaciones.
¿Existe algo más aterrador que los monstruos y las tinieblas? Creo tras la lectura de este encantador álbum aprenderemos a mirarlos desde una nueva perspectiva, bastante más tranquilizadora (ni todos los monstruos son malvados, ni habría día para disfrutar sin el necesario reposo de la noche).
Sorprende que de entrada el narrador reconozca que bajo la mullida cama de Lorenzo sí que se escondía un extraño ser, pero en seguida descubrimos que este diminuto y encantador monstruito no es que fuera malo sino que sentía un gran vacío interior porque estaba hambriento de oscuridad. Así que ni corto ni perezoso fue engullendo todo lo negro que encontraba a su paso, y engordando a la par hasta alcanzar una dimensión pareja a la gigantesca negrura que se había zampado: chimeneas, sótanos, cuevas amén de lúgubres bocatas y estofados, que con toda la genialidad y el humor que le caracteriza, retrata Jimmy Liao a lo largo del libro.
No satisfecho todavía, descendió nuestro amigo a los abismos de los volcanes para calmar su ansia, e incluso la inmensidad del firmamento se merendó hasta dejar un planeta triste y solitario. Entonces, los búhos, los murciélagos, los zorros y tantos otros animales quedaron perdidos por esa luz cegadora e implacable que todo lo inundaba. Y sobre todo sufría un niño, cuyo lejano llanto llegó hasta los oídos de este ser descomunal: era Lorenzo, incapaz de conciliar el sueño en su luminoso dormitorio. Ni un segundo dudó el gran monstruo el volver a consolarlo, y así, mientras lo acunaba en sus enormes brazos quedaron ambos profundamente dormidos. La penumbra fue fluyendo de su cuerpo y poco a poco las sombras recuperaron su lugar de origen.

Una hermosa imagen sirve como colofón al cuento: la de Lorenzo, soñando plácidamente en su cama, mientras abraza con cariño a ese diminuto monstruito que le ha devuelto la oscuridad, y con ella la paz y el descanso.

Frías Cecilia

Kireei

Las sombras y la oscuridad han sido siempre territorio del miedo, del misterio, del terror. Brujas, monstruos y fantasmas se pasean amparados por las sombras; la oscuridad simboliza lo que no podemos acabar de conocer y, como todo lo desconocido, puede asustar un poco. ¿Pero qué sucede si la oscuridad es, por contraste, lo que da valor a la luz? ¿Qué pasa si descubrimos que las sombras dan pie a la fantasía, a la imaginación, a lo sorprendente?
Jimmy Liao (con texto de Joyce Dunbar) y http://barbara-fiore.com/index.php/ilustradores/suzy-lee/ abordan, cada uno por su cuenta, este tema. Toman un camino trillado por los cuentos de miedo y lo convierten en un sendero hacia el cariño, la ironía, la tristeza, la alegría, la ternura o del juego. Barbara Fiore, con su siempre acertada selección de títulos, nos trae estos dos álbumes ilustrados, de estilos muy diferentes, pero temáticas relacionadas.

El monstruo que se comió la oscuridad, de Joyce Dunbar y Jimmy Liao.
“Lorenzo no puede dormir, no le gusta la oscuridad, debajo de la cama podría estar escondiéndose un monstruo.
¡Así es! Se trata de diminuto monstruo con un enorme apetito, que le encanta comer la oscuridad, la engulle toda. Hasta que muy pronto todo es luz, pero el monstruo sigue teniendo una gran sensación de vacío, que solo el cariño de un niño puede llenar.”
El monstruo que se comió la oscuridad es una historia algo más plana que las poéticas historias a las que nos tiene acostumbrados Jimmy Liao (de las que ya os hablamos aquí) pero no deja por eso de ser un relato lleno de sensiblidad. Liao interpreta el texto de Joyce Dunbar con su habitual explosión de color, hábil contraste con la negrura del monstruo y de la propia oscuridad. Ese monstruo, que como tal es inicialmente algo que asusta, se convierte luego en benefactor (devorando la oscuridad) para convertirse finalmente en causa de una gran catástrofe. El desenlace reconcilia al niño con sus miedos e invierte los papeles entre él y el monstruo para acabar con mucha ternura. Un final tranquilizador para una historia que se presta a varias lecturas pese a la sencillez de su trama.

Sombras, de Suzy Lee.
“Un desván oscuro. La luz de una bombilla. Una niña muy imaginativa. Suzy Lee usa estos simples elementos para crear una representación visual que capta perfectamente la alegría del juego creativo y celebra el poder de la imaginación. Con una impresionante simplicidad, las ilustraciones, en solo dos tonos de color, presentan una aventura de principio a fin con un click de una bombilla un final irónico y suspendido.”
Sombras, para quien ya conozca a Suzy Lee, es un digno sucesor de álbumes como Espejo o La Ola, en los que Suzy Lee explica historias sin palabras jugando con un trazo expresivo, sencillo y de cromatismo limitado. La misma niña de siempre, esta vez frente a las sombras. Realidad y ficción interaccionando página a página, haciendo florecer la parte de la imaginación mientras que el mundo real parece desvanecerse alrededor de la niña y ser invadido por la fantasía de las sombras. La ilustradora juega con luz y las sombras, con lo que hay arriba (lo real) y lo que ha abajo (lo imaginado), en un crescendo en el que nos vamos introduciendo junto a la protagonista en un mundo imaginado que nos hace perder de vista la realidad, exactamente igual que le sucede a un niño cuando juega. Nunca había visto una metáfora visual tan sencilla y tan conseguida sobre este efecto.

Elena

 

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